Querido Martín Isidro:
No suelo escribir cartas públicas, pero hoy siento la necesidad de hacerlo. Quizá porque la admiración que uno guarda en silencio acaba pesando más que cualquier palabra. Llevo tiempo siguiendo tu obra —esa constelación inabarcable de libros, de géneros, de mundos que parecen brotar de una fuente inagotable— y no puedo evitar pensar que estamos ante un creador inmenso, un artesano de la palabra en su sentido más puro.
Desde aquel 1984 en que empezaste a escribir, apenas con diecisiete años, has demostrado que la literatura no es solo talento, sino también disciplina, entrega y amor absoluto por el oficio. Más de ochenta títulos lo avalan, diecinueve de ellos publicados con la editorial Punto Rojo Libros, a la que siempre has reconocido como un hogar literario. Pero, más allá de los números, está lo esencial: tu voz. Esa voz que no busca la fama ni el aplauso, sino el testimonio de una vida que ha hecho de la escritura su razón de ser.
Tu obra es un universo tan vasto como coherente, y dentro de él brillan con especial intensidad tus ensayos y tus piezas teatrales. Los primeros, por su lucidez y profundidad; los segundos, por su fuerza escénica, su ritmo y su capacidad para conmover. Hay en ellos una hondura que traspasa el papel: cada diálogo, cada reflexión, parece reclamar su espacio en el escenario. No tengo duda de que tus obras merecen ser llevadas al teatro, porque en ellas habita una verdad que el público necesita escuchar, una sensibilidad que enriquecería nuestro panorama cultural.
Y, sin embargo, me duele —como lector, como docente, como amante de la literatura— comprobar que el reconocimiento que mereces aún no te ha alcanzado. Vivimos tiempos extraños, en los que el ruido eclipsa al talento y donde el verdadero arte parece esconderse tras el brillo efímero de lo inmediato. Pero tú, Martín, sigues ahí, firme, sereno, fiel a tu camino. Y eso te convierte, a mis ojos, en algo más que un escritor: en un símbolo de resistencia.
Tu obra debería estudiarse en las aulas, analizarse en los círculos literarios y celebrarse en cada rincón donde aún se lea con el corazón. Porque no hay en tus libros un solo gesto impostado: todo lo que escribes respira verdad. Y la verdad, en literatura, es lo más difícil de encontrar.
Gracias, Martín Isidro, por recordarnos que la escritura es una forma de vida, un compromiso con uno mismo y con los demás. Gracias por seguir creando, por no rendirte, por demostrarnos que la grandeza no necesita focos.
Con admiración y respeto,
Jesús Sepúlveda
Profesor y lector agradecido